Alfredo Chavero durante el funeral de Benito Juárez

Alfredo Chavero durante el funeral de Benito Juárez

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Palabras pronunciadas por el regidor Lic. Alfredo Chavero, a nombre del Ayuntamiento, durante el funeral de Benito Juárez, el 20 de julio de 1872.

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I

 

Gloria es de varones ilustres triunfar de la muerte; pues mientras ésta cava a las generaciones la fosa del olvido, vencida y humilde abre la puerta de la inmortalidad a aquellos que por sus virtudes merecieron ceñir su frente con imperecedero laurel. ¡Hermoso destino el de esos hombres! Su vida es la lucha; su muerte es la victoria.

 

Al terminar el último día de su vida transitoria sobre la tierra comienza el nuevo día de su vida inmortal en el amor de los pueblos. La primera lágrima cae sobre su tumba, al mismo tiempo que se deposita la primera corona. Y convertido en tabernáculo su sepulcro, llegan a él sus conciudadanos a tomar enseñanzas de una existencia dedicada a la patria.

 

El hombre que en vida fue el campeón que marchara a la cabeza del pueblo a conquistar la reforma, al abandonar este triste valle de lágrimas, sube a ser en el firmamento astro que con luz esplendente, como la estrella bíblica que guiaba a los reyes magos a la cuna del mesías, guiará a las futuras generaciones a ese otro mesías de la humanidad; a ese otro redentor de todas las penas, que se llama progreso.

Duelo público y a la vez apoteosis, no hubiera podido la ciudad de México, representada por su ayuntamiento, permanecer muda en esta triste y gloriosa solemnidad, y mi humilde voz viene a vibrar llena de emoción, en nombre de esta tierra escogida por Tenoch en medio de las lagunas para realizar sus sueños de grandeza.

 

Pequeña ofrenda de la ciudad; pero ésta, como Atenas, "sabiendo que las grandes almas desprecian las riquezas y los goces de la vida y no aspiran sino a la virtud y a las alabanzas, cree de su deber honrar con un discurso", memoria tan sagrada, según las bellas palabras de Demóstenes.

 

II

 

Y a la verdad, ¿qué ejemplo más hermoso, qué vida más digna de honrarse que la del C. Juárez? ¿Qué fuente más copiosa de instrucción para nuestro pueblo, que esa existencia pasada en la virtud, y dedicada toda entera al bien de la República?

 

Juárez nació en la montaña. Siempre en las montañas nacen los ríos que bajan caudalosos a dar vida a las sementeras de los valles, cruzando majestuosos la llanura hasta irse a perder en esa inmensidad, que en la tierra se llama el mar, y en la vida humana la muerte.

 

Sus primeras ideas despertaron al grito de libertad lanzado por un pueblo que sacudía sus cadenas proclamando la emancipación de México.

 

Y cuando la nación comenzó su vida independiente, Juárez comenzó sus estudios, esa otra vida de independencia que nos liberta del error, que es el mayor de los tiranos.

 

Ya en el colegio, ya en el campo de la instrucción, estaba, por fin, en su terreno: debía desde entonces comenzar su vida pública; y en verdad, que estudiante todavía, tomó parte en las elecciones de 1828; fue electo popularmente regidor del ayuntamiento de Oaxaca en 1831, y ejerció la diputación a su legislatura en los años de 1833 y 1834.

 

Desde entonces fue llamado a diferentes empleos públicos, siempre de importancia, hasta venir por primera vez en 1846 de diputado al Congreso general constituyente.

 

Hasta esa época, Juárez ignorado en la provincia, no había podido llamar debidamente la atención; pero llegaba al Congreso en los momentos en que México, sin recursos, peleaba con la República vecina. Juárez, contra los oradores más notables de la Cámara, sostiene que se saquen esos recursos de los bienes del clero; que se salve la independencia con esas riquezas con que se tenía esclavizado al pueblo.

 

Ya se anunciaba el gran reformador. Y cuánto odio, y cuánta lucha, y cuánto sufrimiento se preparaba aquel varón fuerte, de pecho de bronce, que contra el torrente impetuoso de las preocupaciones, osaba proclamar tales ideas.

 

Ya se había manifestado Juárez liberal y reformista; los acontecimientos le llevaron al gobierno de Oaxaca, y allí se le conoció como hombre de administración. Después vino la tiranía de Santa Anna, y con ella la persecución, las prisiones y el destierro.

 

Después, como al despuntar un nuevo día, apareció la aurora de la libertad, el Plan de Ayutla, precursor de ese sol que llamamos constitución de 1857. La causa del progreso triunfa; el Gral. Álvarez nombra ministro de Justicia al Sr. Juárez, y éste inaugura su marcha política, de la cual desde entonces no se desvió un solo momento, dando la ley de supresión de fueros. El clero recibió el primer golpe.

 

El pueblo comprendió que Juárez era el Moisés que debía conducirlo a la tierra prometida de la igualdad. Los tribunales hacían ya bajar la cabeza coronada del clérigo a la misma altura de la cabeza del más humilde ciudadano. El clérigo había representado la supremacía, el mando, el cielo; y la supremacía, el mando, el cielo, bajaban al pueblo por la ley de Juárez.

 

Sintió la nación un estremecimiento semejante a esas convulsiones precursoras de las erupciones. De en medio de la oscuridad del retroceso, se esperaba ver brotar una columna de fuego que alumbrara el horizonte. La ley de desafuero fue el primer sacudimiento que indicó la erupción de la reforma en 1859.

 

III

 

A la administración del Sr. Álvarez siguió la del Sr. Comonfort, notable por haberse promulgado bajo su gobierno la constitución de 1857. Poco después, un increíble golpe de estado puso las libertades patrias en peligro. Juárez tomó la constitución por bandera, y comenzó esa admirable Odisea, que espera un Homero que la eternice. 

 

Esta es ya la historia que todos hemos visto, es el drama en que acaso hemos sido actores. La República con la constitución era la nación grande, el pueblo libre, la victoria sobre el oscurantismo.

 

La constitución era el evangelio, la buena nueva de la libertad, de la igualdad, del progreso. Venía a herir de muerte al antiguo ejército que significaba la tiranía en el mando, al clero que formaba la pobreza y el embrutecimiento de las masas.

 

Ligáronse ejército y clero, y comenzó una lucha titánica: el ejército poderoso por su fuerza, el clero omnipotente con sus riquezas. Juárez frente a ellos con la fuerza de la ley, rico de alma y de hombres como Ocampo, Lerdo, Degollado, Llave y tantos otros dignos de imperecedera memoria.

 

Entonces fue cuando Juárez en Veracruz, como una peña a orilla de los mares, permaneció impasible al embate furioso de las olas revolucionarias.

 

Entonces, de en medio de la tempestad, hizo brotar las tablas de la reforma, para el pueblo que se arrodillaba ante ese nuevo Sinaí. A cada derrota contestaba con una nueva ley emancipadora. Y la reacción sucumbía momento a momento despedazada por la metralla de libertades con que la cañoneaba Juárez.

 

La constitución triunfó: el último recurso del vencido fue la traición. El extranjero pisó nuestras playas. Cuando la nación entera temblaba, Juárez permaneció sereno. Se hubiera creído que disponía del porvenir.

 

Las huestes francesas paseaban la bandera invasora por toda la República, y sus esfuerzos se iban a estrellar contra esa debilidad que era una inmensa fuerza, Juárez.

 

En Paso del Norte, casi abandonado, era débil como la arena, y como la arena contenía las furias de un océano. En esa lucha volvió a triunfar el desarmado, y Juárez, que había regresado a México en 1861 trayendo incólume el arca sagrada de la constitución, volvió en 1867 trayendo ilesa la soberanía de la patria.

 

Cuando Colón hizo viaje de las costas de España en busca de las indias, llevó a sus reyes, por despojos, un nuevo mundo. Juárez, de sus peregrinaciones, trajo también por trofeos un nuevo mundo de libertades y de gloria a los pies del pueblo, único rey que tuvo por señor.

IV

 

No se deben tocar en estos momentos los últimos años de la presidencia del Sr. Juárez. Las pasiones los agitaron demasiado, y éstas deben callar ante su tumba. Dos veces la revolución quiso arrebatarle el poder que el pueblo le había confiado, y las dos veces, defendiendo la voluntad del pueblo con decisión y tomando sobre sí la responsabilidad, luchó contra la rebelión.

 

Al ver tanta energía y tanta firmeza, al contemplarlo luchando contra el clero y el retroceso, ajusticiando a un emperador, batiendo en pro de las instituciones las huestes revolucionarias, y dejando al morir afianzada la reforma, vienen a la memoria las siguientes palabras de Guizot en su elogio a Washington: "Sabía creer firmemente en su propio pensamiento, y obrar resueltamente según lo que pensaba, sin temer la responsabilidad. . .

 

Que la ocasión fuese grande o pequeña, las consecuencias próximas o lejanas, sin titubear marchaba sobre la fe de su convicción. Se hubiera dicho al ver su resolución sencilla y tranquila, que era para él una cosa natural decidir los negocios y responder de ellos.

 

Signo seguro de un genio nacido para gobernar, poder admirable cuando se une a un desinterés concienzudo.

 

Entre los grandes hombres, si ha habido algunos que han brillado con mayor esplendor, ninguno ha estado sujeto a más completa prueba, en la guerra y en el gobierno; resistiendo, en nombre de la libertad y del poder, a un rey y a un pueblo; comenzando una revolución y terminándola".

 

V

 

La gloria de Juárez no necesita de grandes elogios, ni de dilatados discursos. Juárez fue aquel magistrado que soñó Platón en su República: un hombre formado sobre el modelo de la virtud. Juárez fue como aquellos antiguos griegos del Panegírico y de Isócrates, de que nos habla Dionisio de Halicarnaso; animado de los más generosos sentimientos, apasionado por la gloria y lleno de moderación, se ocupaba de los intereses públicos más que de sus propios intereses, y no tomaba las riquezas, sino la fama, por medida de su prosperidad.

 

Nadie negó sus grandes virtudes; y si algunos ciegos dijeron que en sus manos no se conservaba seguro el depósito de la constitución, que vengan ante esta tumba, en la cual recibe ese mismo sagrado depósito el actual Presidente de la República, en virtud de una ley que Juárez fue el primero en respetar y hacer respetar.

 

El que empuñó en su gran carrera política la bandera de la carta fundamental, duerme hoy a su sombra, a la sombra de ese santo pabellón que deja ondeando victorioso y sin mancha sobre la República.

 

La vida de Juárez fue la del viajero atrevido que escalara la cima del Popocatépetl. Subió desde su oscura base, con pie firme atravesó los senderos tortuosos, las pendientes peligrosas, los inestables arenales y los duros hielos; fue contemplado por el mundo en regiones de nívea blancura, más altas que las nubes, y cuando llegó a la cúspide, se hundió en ese cráter de la vida, que se llama la muerte.

 

Hoy, la gratitud de un pueblo viene a su sepulcro para hacer su apoteosis. Los griegos lo habrían elevado al cielo de sus dioses como a Teseo. Los toltecas lo habrían convertido en estrella como a Quetzalcóatl.

 

Nosotros, lo levantamos a ese otro firmamento de la inmortalidad, en que preside Hidalgo.

 

Fuente:

 

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.

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