Ignacio Altamirano, el padre de la literatura nacional que estudió en Toluca

Ignacio Altamirano, el padre de la literatura nacional que estudió en Toluca

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Ignacio Altamirano Basilio fue escritor, abogado, politico, editor de revistas y periódicos, y es considerado el padre de la literatura nacional; nombrado por varios como maestro de la segunda generación romántica.

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Ignacio Altamirano nació el 13 de noviembre de 1834 en Tixtla, Guerrero, dentro de una familia indígena pura cuyo padre tenía una importante actividad política, pues era parte de los dirigentes de los chontales, y quien más tarde (1848) sería nombrado alcalde de Tixtla.

Hasta la edad de 14 años pudo acudir a la escuela, donde aprendió a leer y a escribir rápidamente. Ahí conoció a Ignacio Ramírez quien lo tomó bajo su ala y le otorgó una beca para continuar sus estudios en el Instituto Literario de Toluca (1849).

Altamirano estudió Derecho en el Colegio de San Juan de Letrán, mientras se desempeñaba como profesor de francés en una escuela particular.

Además de participar en respetables asociaciones como el Conservatorio Dramático Mexicano, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, el Liceo Hidalgo, la Sociedad Nezahualcóyotl y el Club Álvarez, trabajó en diversos medios de comunicación, algunos de los cuales fundó como: El Correo de México en 1857 (con Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez), la revista El Renacimiento en 1859 (en asociación con Gonzalo A. Esteva), El Federalista (1871), La Tribuna y La República (1880).

 

"La buena educación es la mitad del camino en cualquier negocio"

-Ignacio Altamirano-

 

La Escuela Nacional Preparatoria, la Escuela Superior de Comercio y Administración, así como la Escuela Nacional de Maestros, fueron centros educativos donde formó estudiantes.

Sus ideas liberales lo llevaron a luchar contra el santanismo durante la revolución de Ayutla (1854), y a participar en la Guerra de Reforma (1857) entre conservadores y liberales.

 

El pueblo de México, cansado ya de los abusos del clero y de las traiciones de los conservadores,

se reunió en una gran multitud frente al palacio nacional, y por aclamación multitudinaria

y por orden del gobierno de la república designó a Ignacio Ramírez

-Ignacio Altamirano-

 

Contando con un antecedente familiar político, y su involucramiento en la revolución, academia y la prensa, no debe sorprender su presencia en el servicio público al haberse desempeñado en tres ocasiones como diputado en el Congreso de la Unión, oficial mayor del Ministerio de Fomento, procurador General de la República, fiscal, cónsul en Barcelona y París, además de magistrado y presidente de la Suprema Corte.

Ignacio M. Altamirano, Ramón Corona y Vicente Riva Palacio (de derecha a izquierda)

El 13 de febrero de 1893 en San Remo (Italia), Altamirano murió durante una misión diplomática que realizaba como comisionado de Porfirio Díaz.

Conmemorando a este importante personaje de la historia de México, REGIONMX© te comparte este poema de Ignacio  Altamirano pues además de haberse escrito bellamente, en él encontramos elementos familiares como el Xinantécatl, nuestro querido volcán.

 

MARIA

 

Allí en el valle fértil y risueño,

Do nace el Lerma y, débil todavía

Juega, desnudo de la regia pompa

Que lo acompaña hasta la mar bravía;

Allí donde se eleva

El viejo xinantécatl, cuyo aliento,

Por millares de siglos inflamado,

Al soplo de los tiempos se ha apagado,

Pero que altivo y majestuoso eleva

Su frente que corona eterno hielo

Hasta esconderla en el azul del cielo.

 

Allí donde el favonio murmurante

Mece los frutos de oro del manzano

Y los rojos racimos del cerezo

Y recoge en sus alas vagarosas

La esencia de los nardos y las rosas.

 

Allí por vez primera

Un extraño temblor desconocido,

De repente, agitado y sorprendido

Mi adolescente corazón sintiera.

 

Turbada fue de la niñez la calma,

Ni supe qué pensar en ese instante

Del ardor de mi pecho palpitante

Ni de la tierna languidez del alma.

 

Era el amor: mas tímido, inocente,

Ráfaga pura del albor naciente,

Apenas devaneo

Del pensamiento virginal del niño;

No la voraz hoguera del deseo,

Sino el risueño lampo del cariño.

 

Yo la miré una vez, virgen querida

Despertaba cual yo, del sueño blando

De las primeras horas de la vida:

Pura azucena que arrojó el destino

De mi existencia en el primer camino,

Recibían sus pétalos temblando

Los ósculos del aura bullidora

Y el tierno cáliz encerraba apenas

El blanco aliento de la tibia aurora.

 

Cuando en ella fijé larga mirada

De santa adoración, sus negros ojos

De mi apartó; su frente nacarada

Se tiñó del carmín de los sonrojos;

Su seno se agitó por un momento,

Y entre sus labios espiró su acento.

 

Me amó también. Jamás amado había;

Como yo, esta inquietud no conocía,

Nuestros ojos ardientes se atrajeron

Y nuestras lamas vírgenes se unieron

Con la unión misteriosa que preside

El hado, entre las sombras, mudo y ciego,

Y de la dicha del vivir decide

Para romperla sin clemencia luego.

 

¡Ay! Que esta unión purísima debiera

No turbarse jamás, que así la dicha

Tal vez perenne en la existencia fuera:

¿Cómo no ser sagrada y duradera

si la niñez entretejió sus lazos

Y la animó, divina, entre sus brazos

La castidad de la pasión primera?

 

Pero el amor es árbol delicado

Que el aire puro de la dicha quiere,

Y cuando de dolor el cierzo helado

Su frente toca, se doblega y muere.

 

¿No es verdad? ¿no es verdad, pobre María?

¿Por qué tan pronto del pesar sañudo

Pudo apartarnos la segura impía?

¿Cómo tan pronto obscurecernos pudo

La negra noche en el nacer del día?

 

¿Por qué entonces no fuimos más felices?

¿Por qué después no fuimos más constantes?

¿Por qué en el débil corazón, señora,

Se hacen eternos siglos los instantes,

Desfalleciendo antes

De apurar del dolor la última hora?

 

¡Pobre María! Entonces ignorabas

Y yo también, lo que apellida el mundo 

¡Amor... amor! Y ciega no pensabas

Que es perfidia, interés, deleite inmundo,

Y que tu alma pura y sin mancilla

Que amó como los ángeles amaran

Con fuego intenso, mas con fe sencilla,

Iba a encontrarse sola y sin defensa

De la maldad entre la mar inmensa.

 

Entonces, en los días inocentes

De nuestro amor, una mirada sola

Fue la felicidad, los puros goces

De nuestro corazón... el casto beso,

La tierna y silenciosa confianza,

La fe en el porvenir y la esperanza.

 

Entonces... en las noches silenciosas

¡Ay! Cuántas horas contemplamos juntos

Con cariño las pálidas estrellas

En el cielo sin nubes cintilando,

Como si en nuestro amor gozaran ellas;

O el resplandor benéfico y amigo

De la callada luna,

De nuestra dicha plácido testigo,

O a las brisas balsámicas y leves

Con placer confiamos

Nuestros suspiros y palabras breves.

 

¡Oh! ¿qué mal hace al cielo 

Este modesto bien, que tras él manda

De la separación el negro duelo,

La frialdad espantosa del olvido

Y el amargo sabor del desengaño,

Tristes reliquias del amor perdido?

 

Hoy sabes qué sufrir, pobre María,

Y sentiste al presente

El desamor que mezcla su hiel fría

De los placeres en la copa ardiente,

El cansancio, la triste indiferencia,

 

Y hasta el odio que impío

El antes cielo azul de la existencia

Nos convierte en un cóncavo sombrío,

Y la duda también, duda maldita

Que de acíbar eterno el alma llena,

La enturbia y envenena

Y en el caos del mal la precipita.

 

Muy pronto, sí, nos condenó la suerte

A no vernos jamás hasta la muerte:

Corrió la primera lágrima encendida

Del corazón a la primera herida,

Mas pronto se siguió el pensar profundo, 

Del desdén la sonrisa amenazante

Y la mirada de odio chispeante,

Terrible reto de venganza al mundo.

 

Mucho tiempo pasó. Tristes seguimos

El mandato cruel del hado fiero,

Contrarias sendas recorriendo fuimos

Sin consuelo ni afán... Y bien, señora,

¿Podremos sin rubor mirarnos ora?

¡Ah! ¡qué ha quedado de la virgen bella!

Tal vez la seducción marcó su huella

 

En tu pálida frente ya surcada,

Porque contemplo en tus hundidos ojos

Señal de llanto y lívida mirada.

Con el fulgor de acero de la ira.

Se marchitaron los claveles rojos

Sobre tus labios ora contraidos

Por risa de desdén que desafía

Tu bárbaro pesar, ¡pobre María!

 

Y yo... yo estoy tranquilo:

Del dolor las tremendas tempestades,

Roncas rugieron agitando el alma;

La erupción fue terrible y poderosa...

Pero hoy volvió la calma

Que se turbó un momento,

Y aunque siente el volcán mugir violento

El fuego adentro del, nunca se atreve

Su cubierta a romper de dura nieve.

 

Continuemos, mujer, nuestro camino.

¿Dónde parar? ...¿Acaso los sabemos?

¿Lo sabemos acaso? Que destino

Nos lleve como ayer: ciegos vaguemos,

Ya que ni un faro de esperanza vemos

Llenos de duda y de pesar marchamos,

Marchamos siempre, y a perdernos vamos

¡Ay! De la muerte en el océano obscuro,

¿Hay más allá riberas?... no es seguro,

Quién sabe si las hay; mas si abordamos

A esas riberas torvas y sombrías

Y siempre silenciosas,

Allí sabré tus quejas dolorosas,

Y tú también escucharás las mías.

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